30 enero 2011

La Voz (corregido)

¿Te acuerdas de esos días blancos y amarillos, cuando nada asfixiaba nuestra conciencia? La luz nos despertaba cada mañana, las canciones nos hacían reír y los finales de las películas llorar. Entonces el tiempo se estiraba como nuestros chicles de colores, siempre era el momento adecuado, dejábamos el después para después. Los temores se aplacaban con unas pocas palabras y jugábamos a ser dueños de nuestro destino. Creo que entonces era feliz. Digo creo, porque no consigo recordarlo bien; han pasado tantos años, que esas sensaciones se han difuminado, hasta un punto en que no puedo estar seguro de si fueron reales, o algo que sentí al ver una película.


 Esta mañana me he levantado temprano para desayunar en el bar de siempre. Mas yo no soy el mismo, algo ha cambiado. En la mesa del fondo me espera un viejo conocido, y al momento me alegro de poder hablar con alguien.


-Cuánto tiempo, ¿cómo te va?


-Como siempre, ¿y a ti?- Responde, encogiéndose de hombros.


-Poca cosa...Ya sabes.- Nos quedamos en silencio unos minutos, en los que se acerca Sonia, la camarera, para traernos lo de siempre: un café con tostadas para mí, con churros para él. Se va, y nos deja de nuevo solos.


 -Oye, ¿puedo preguntarte algo?. Te va a parecer raro.- Le digo.


-Adelante.


-¿Cuál era tu ilusión?, ¿aún la conservas?


-¿Perdón?- Levanta las cejas. como si no me hubiera oído bien.


-Verás... yo quería hacer algo grande. Algo por lo que me apuntaran dedos cargados de admiración y ojos llenos de asombro; que me permitiera caminar con el pecho hinchado de orgullo. Pero se me olvidó qué era.


-Vaya. Lo siento.


-No pasa nada. Algunos días, cuando sale el sol y todo parece más tranquilo, consigo hacer callar la Voz, ¿sabes a lo que me refiero?. Esa que hace bajar la mirada ante los demás, incluso ante el espejo; la misma que hace enmudecer cuando quieres hablar, que no deja de repetir la misma palabra: no, no, no, no. ¿No te pasa lo mismo?


-Mmm...creo que no.


-Bueno, pues en el momento en que calla, parece que estoy a punto de recordar; pero no vuelve. Ella, mi ilusión; dice que ya es tarde para mí, que no fui valiente y se me pasó el turno, así como las ganas. Quizá tiene razón.


- Ya.


- No se cuándo ocurrió, cuándo dejé de ser dueño de mi cuerpo, de mi mente, de mi vida. A menudo me siento como la carrocería de un coche; imagínatela, la de un vehículo cualquiera. ¿La ves?. Pues esa estructura de metal solo se puede mover si dentro hay un motor y debajo unas ruedas. Pero estas piezas son ajenas a ella, nunca la dejan decidir hacia dónde moverse.¿Acaso les importa? ¡No!. Si no me sigues, lo que quiero decir es que me he convertido en una simple cáscara arrastrada por todo lo que la rodea. Sí, soy bien consciente de ello, pero, ¿qué quieres que haga? ¿Acaso tú haces lo que un día deseaste? ¿No sientes vacío ese hueco que anhelábamos llenar? El mío parece incluso haberse agrandado…


-Vaya.- Veo en su cara la preocupación, cuando yo esperaba algo de condescendencia por su parte.


-Entiendo que te extrañes por lo que te digo. A mí también me pasaría. Mira, te voy a contar algo que me pasó ayer:


 « Iba andando por la calle, dando un paseo; ya sabes que se piensa mejor mientras caminas. Pues en ese momento me acordé de aquella frase que el profesor de filosofía citó hace tantos años: "la cosa más difícil del mundo es conocerse a uno mismo ".  Fíjate qué casualidad, había llegado hasta la casa en la que me crié: un pequeño piso interior, perdido en el laberinto de Madrid. Pues allí estaba, sin saber muy bien cómo había llegado. Fue muy extraño… hacía años que no pasaba por ese lugar; desde que mis padres murieron. Ojalá pudiera hablar con ellos, preguntarles todo lo que me gustaría saber. A los hijos nos gusta pensar que nuestros padres tienen todas las respuestas, ¿verdad?. Bueno, a lo que iba; cuando estaba a punto de darme la vuelta e irme, me fijé en un hombre que estaba sentado en el portal del edificio.


 Él me miró también. Era un indigente de ojos azules, la ropa gastada, sucia y oscura, el pelo rizado y negro, barba de varios días. Un violín descansaba en el suelo, a su lado. En la funda había unas pocas monedas, ninguna pasaba los veinte céntimos. Me acerqué y me senté a su lado; ya no tenía prisa.


“¿Le importaría tocar para mí?”  le pregunté.


“Claro que no, no tengo otra cosa que hacer.” dijo mostrando su triste sonrisa de vagabundo. Cogió el instrumento, y fue como ver a otra persona sentada a mi lado. No sé cómo explicarlo; su forma de sostener el violín, los sonidos que le arrancaba al frotar el arco, la expresión de su cara, sus movimientos. Sus ojos estaban ahora brillantes, sin rastro de cansancio. Sin embargo, pasados unos minutos, suspiró y lo dejó de nuevo en el suelo; volviendo a ser el mismo de antes. Sucio, fatigado y triste.


“Gracias.” Le dije. “¿Le importa si le invito a un bocadillo?”


“En absoluto.” Respondió.  “Es más, si pudiera, le invitaría yo a usted. Es la primera persona en mucho tiempo que me pide que toque.” señaló con un movimiento de cabeza las escasas monedas en la funda del violín.


 Recogió sus cosas y entramos en una cafetería cercana. Al pasar, la gente nos miraba con curiosidad, más a él que a mí. Nos sentamos al fondo y conversamos un poco, con lo que llegué a la conclusión de que su manera de hablar y su aspecto no concordaban. Al acabar el bocadillo y apurar la cerveza, miraba pensativo por la ventana; momento que aproveché para observarle detenidamente. En ese instante, volvió la vista hacia mí y me preguntó:


“¿Qué estaba buscando?”


“¿Cómo?”


“Sí, cuando le vi en la calle... ¿Qué es lo que buscaba?”


“Eso mismo me gustaría saber a mí.” Contesté con lo que supuse debía ser una sonrisa irónica.


“No me ha preguntado por qué estoy en la calle.”


“No me pareció oportuno.”


“Vamos, pregúntemelo. Creo que podemos permitirnos ser políticamente incorrectos. Además, me ha invitado a comer; lo único que puedo ofrecerle a cambio son palabras, a parte de mi música.”


“Está bien, entonces. ¿Por qué está en la calle?”


“Por mi ilusión.” Respondió sonriendo. “Ella me llevó hasta aquí.” Hizo una pausa. “Sí, por su expresión parece que sabe de lo que estoy hablando...”


No tan bien como me gustaría, la verdad.” le respondí.


“Entiendo. En fin, yo quería ser músico. Al menos lo pretendía. Cuando era un niño mis padres me pagaban las clases, creían que tener un hijo que supiera tocar el violín sería algo digno de alarde. Pero no consideraron que podría dedicarme a ello, querían hacer de mí un hombre “de provecho”: un abogado, un arquitecto; ya sabes. Pero no, una vez que tu ilusión te atrapa, no la evitas tan fácilmente. Yo mismo pagué mis estudios de música con lo que había ahorrado durante esos años. Pero pronto me quedé sin dinero y sin unos padres a los que acudir. Sí; no se tomaron demasiado bien que no siguiera sus recomendaciones. Después no tuve demasiada suerte, ni en la música ni en el resto de las cosas que hice. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, pero ahí es donde comenzó todo.”


 Asentí, sin saber muy bien qué decir.


Gracias por la comida.” dijo levantándose. “Sólo una cosa más: no me arrepiento de haberlo intentado, aunque fracasara. Siga buscando.”  Y se fue.»


  He terminado mi relato. Durante un momento contemplo mi taza de café, la silla en frente de mí; ambas vacías.


-Lo has vuelto a hacer mal.- Dice la Voz. Pero esta vez no le haré caso, porque hoy he empezado a escucharme a mí mismo.


 Me levanto, dejando un billete sobre la mesa y dispuesto a salir del bar de siempre, para no volver más.







27 enero 2011

 Siluetas se dibujan en las paredes de nuestra vida, dejándonos ver lo que nos permiten ver, haciéndonos creer que en ella solo existen esos desdibujados contornos, oscuras figuras que, como en la Caverna de Platón, creemos reales, sin plantearnos si quiera mirar a nuestras espaldas. Hay más, mucho más de lo que estamos acostumbrados a percibir; en los detalles, pinceladas y colores de una pintura, en lo que muestra y oculta un texto, en las grietas de un antiguo monumento, en la cadencia de la canción que hemos escuchado cientos de veces, en el tono de una voz que nos acompaña día tras día, en los rasgos de un desconocido del metro.

 Sin embargo, ciegos, sordos y mudos permanecemos; sin apartar la mirada de anodinas sombras, soñando lo que la vida podría ser, y ya es.

 El momento que más disfruta Laura no es cuando lee un libro en su sillón favorito, y la luz se cuela por la ventana haciendo franjas amarillas sobre las páginas. Ni cuando uno de sus dos gatos se frota por sus tobillos para después posarse sobre sus rodillas, con ojos suplicantes, pidiendo más y más caricias. Ni cuando compra el pan recién horneado, le quita el pico, aún caliente y lo mastica con los ojos cerrados. Ni si quiera cuando siente un escalofrío al meterse por la noche en la ducha, después de un largo día, y se deshace de cualquier pensamiento durante unos minutos.

 El momento que más disfruta Laura es cuando al llegar a casa, después de comer, se acurruca en la cama, envuelta en una manta. Da una vuelta o dos sobre sí misma, deja que el sol de mediodía le caliente los dedos de las manos, observa la habitación a través de su despeinado flequillo, y se estira. Alarga los brazos primero, arquea la espalda y finalmente retuerce los pies, con la fugaz sensación de que en ese instante, todo parece ser como debería ser.




26 enero 2011

                                                             

 Lluvia y mujeres que han muerto. En este caso, no una muerte física, sino la desaparición de objetivos, de rumbo, de la misma vida, reflejada en este libro, "Arlington Park". El título viene dado por el nombre de un barrio residencial de tinte burgués donde se cruzan un grupo de mujeres de mediana edad, casadas y con niños; que se paran en un extraño y lluvioso día para observarse a sí mismas y a su entorno, contemplando impasibles su propia infelicidad, su impotencia, su apatía. Tan grises como el día en que se desarrolla la narración, solo se sienten seguras bajo el yugo de los convencionalismos, tratados aquí de forma muy británica.

 Se presentan distintos casos, pero en todos reside la inconformidad que nace de vivir en Arlington Park, unida a la incapacidad de tomar la decisión de cambiar. Surgen en ellas sentimientos que van desde la repentina violencia a la total pasividad, provocados por sus maridos, o sus hijos, o sus vecinos... finalmente por sí mismas y su miedo a los cambios, a lo diferente, a lo real. 

 Destacables son las minuciosas y subjetivas descripciones que realiza Rachel Cusk en cada capítulo, capaces de recrear la opresión y pesadez que se respira en esta ciudad ficticia. Posiblemente no muy lejana a otras tantas ciudades e historias reales.

 "Bajo la lluvia, aquellas calles destilaban el ambiente inamovible de los lugares muy antiguos. las grandes casas se alzaban impasibles en la oscuridad, semiocultas en medio de los árboles chorreantes. Entre ellas se dislumbraba una última panorámica de la ciudad, de sus eternas luces rojas y amarillas, sus engranajes pulsátiles, sus calles siempre abarrotadas de vida indiscriminada. Era una vista impresionante, pero nada tranquilizadora, porque resultaba demasiado implacable. La actividad incesante excluía toda sensación de calma, de interrupción, de pausa. La historia de la vida requería sus interrupciones y sus pausas, sus días y sus noches, porque de otro modo carecía de sentido. Pero al contemplar aquella vista, se tenía la sensación de que la vida carecía de significado, de que los días carecían de significado."   

23 enero 2011

Silvia

 Dicen que el amor mueve el mundo. En mi caso, siempre me han movido unos labios insinuantes, una mirada intensa, unas manos delicadas, las sugerentes curvas femeninas  -y sólo después- el amor. Son muchas las historias que podría contar, las mujeres de las que podría hablar. Recuerdo las que me rechazaron por mi descaro, y las que cayeron en mis brazos por la misma razón; las que engatusé con mis maneras de conquistador, mis calculadas palabras y encantadores modales. También las que me calaron al momento, y me despacharon con una sonrisa de desdén. Todas ellas formaron parte de mi vida, y aún lo siguen haciendo.


 Conservo muchos detalles; no tantos nombres, pues el paso del tiempo no perdona. La suavidad de la piel de Lucía cuando acaricié su mejilla, un atardecer en verano, el sonido del mar al fondo. El olor dulce del pelo de Susana, cierta noche, al acompañarla hasta su casa. La tersura de los muslos de Isabel, cuando tiraba coquetamente de mi chaqueta hacia sí. Las uñas de Carmen al clavarse en mí, alguna que otra tarde de invierno. Las curvas de la espalda de Laura al ponerse la camiseta. Los verdes ojos de Silvia.


  Los verdes ojos de Silvia. Aún siguen atormentándome, después de haber perdido la cuenta de los días sin verla. Ella fue de las pocas mujeres que me conocieron realmente, y supongo que por ello me rechazó. Ella es la única a la que, todavía hoy, en la soledad de mis últimos días, echo de menos.

19 enero 2011

   "Qué rápido se va el amor, qué veloz pasa la vida, qué breves los buenos momentos"  escribe Alba con el dedo en el sofá. Es una costumbre que tiene desde hace mucho tiempo, pero ahora hacerlo solo le produce una sensación de vacío. Meses atrás su hoja en blanco era la piel de Diego, donde escribía cada día un nuevo mensaje, siempre diferente. Mensajes de amor, de eternidad, de felicidad; que ahora se han trocado en invisible melancolía, plasmada por escrito en cada uno de los muebles, paredes y puertas de la casa en la que vivían juntos.

   "La primera vez que te vi" escribió una vez en su brazo izquierdo, "supe que siempre serías mío" continúa en el derecho, "como yo sería tuya." concluye en su pecho.

    Escritas con tinta, grabadas a fuego, o trazadas con un dedo, hay palabras que acaban desvaneciéndose...

16 enero 2011

-¿Qué es eso?, ¿qué suena?

-No es nada, el vecino. Estas paredes, que parecen de papel...

 Todos los días se puede oír cómo tararea el vecino del B; un hombre de unos treinta años, no muy alto, con la cabeza afeitada, y ojos marrón anaranjado. No conozco su nombre, todo lo que sé sobre él es que se va a las ocho en punto a trabajar, pero no siempre vuelve a la misma hora; a veces viene a comer, otras no. Cuando se mudó aquí, lo hizo junto a una chica. No recuerdo mucho sobre ella... también de pequeña estatura, pelo castaño. Los primeros días de aquel verano los pasaron en la terraza, observando las vistas de la montaña de las que entonces disfrutábamos. Comían en la terraza, hablaban en la terraza, se quedaban en silencio en la terraza.

  Meses después ella se fue. Desapareció el día que comenzaron los tarareos, colándose a través de la pared de mi salón. Una especie de cántico monótono, no realmente una canción; simplemente ruido que llena su -ahora silenciosa- casa. He visto otras chicas venir con él, pero siempre se van al acabar el fin de semana. A ellas no les enseña la terraza; ya ni siquiera se ve la montaña desde que empezaron las obras. Y en cuanto se van, sigue tarareando.

  Para tapar el silencio. Para llenar su vacío.
¿Por qué...?

¿Por qué sientes miedo sin oscuridad?
¿Por qué anhelas lo que un día te sobraba?
¿Por qué deseas aquello que no deberías?
¿Por qué sueñas con lo impensable?
¿Por qué nunca te basta con lo que posees?
¿Por qué no eres feliz?

Porque eres humano.

12 enero 2011

Ceguera

  La frescura en una mañana de enero, unos incipientes rayos de sol le calientan levemente la espalda mientras camina de camino a la estación. Observa con semblante serio el infinito -y en ese momento, despejado- azul que se extiende sobre su cabeza, sobre las cabezas de los demás, sobre todas las cabezas del mundo; y cree encontrar una respuesta. Pero, ¿cuál era la pregunta?. Siempre tiene cientos de ellas en mente, y la mayoría no obtienen contestación alguna.

  Se cruza con un conocido, bastante desconocido ya. "¿Por qué me ha mirado así?, ¿se acordará de mí?." No son éstas el tipo de preguntas que necesita, tan simples que cruzan su mente apenas por unos segundos. No, las preguntas que busca son aquéllas a las que nadie le ha podido contestar. Primero planteadas a  los demás cuando era un niño, más tarde a sí mismo; siempre idéntico resultado: el vacío.

  Cuando vuelve a mirar hacia arriba, la luz le ciega por un momento. Y en esa ceguera está lo que buscaba; encuentra que la forma de responder sus preguntas no es observar lo de fuera, sino mirar hacia dentro.

"¿Qué es felicidad?" Se pregunta. Y por fin sonríe.

  Felicidad en este momento fue caminar en la temprana mañana, tan lleno de dudas, y encontrar lo que necesitaba en sí mismo. Felicidad será, de ahora en adelante, lo que él quiera que sea.
  Una mirada. Dice más de lo que puede callar, aquello que siente la delata. Cuando sufre se marchita en lágrimas; si se cree feliz, la oscuridad más profunda aleja de un pestañeo. Se mantiene sincera aunque las palabras no lo hayan sido; y es que los ojos no saben mentir.

  Sin embargo, los tuyos sí saben cómo camuflarse. Nuestras miradas se enfrentarán, mas siempre saldré perdiendo; tú aprendiste a engañar, yo tan sólo a olvidar mentiras.

11 enero 2011

   Averiguo tu tono de voz cuando me haces preguntas sin respuesta, el brillo de tu mirada cuando me haces reír, la seguridad de tus labios al repetir lo que tantas veces has dicho sin palabras.

   Intuyo la fuerza en tus manos cuando a ti quieres acercarme, para que no me aleje jamás.

   Percibo tus ganas de mirarme, olerme, saborearme hasta estar de mí satisfecho.

   Esto es todo lo que sé sobre ti. Y nada más quiero conocer.

08 enero 2011

Diez años de mirarte sin mirar, de quererte sin deber, de odiarte sin poder.
Diez años de ausencias intercaladas, de reencuentros sin palabras.
Diez años en los que todo ha cambiado.
Tú.
Yo.

   Y sin embargo, si fuiste la razón por la que conocí el verdadero llanto; te consolaré cada vez que tus lágrimas te cieguen. Si por tus palabras llegué a perder el juicio, a ti te devolveré la cordura. Si tu mirada llegó a dejarme sola, tú siempre tendrás compañía. Y no será suficiente para compensar a tus oscuros ojos, todo lo que hasta ahora me han dado.

  Diez años más pueden pasar. Mentiras que olvidar, lágrimas por caer, sensaciones sin conocer...
  
  Pero el nosotros siempre permanecerá.

04 enero 2011

  Vivo como eterna novia de la tristeza, amante de la melancolía, añorando todo lo que tuve y se fue, esperando lo que nunca llegó.  Hundí en mi carne las cuchillas de afiladas lágrimas; marcada mi piel con infinitas heridas que desvelan mi identidad antes de que lo haga yo.

   Mudé el blanco velo de la esperanza, adopté el negro luto del crepúsculo en el que habito; reinando sobre    el trono de huesos de mis súbditos, aquellos que se inclinaron ante mí cediéndome sus efímeros recuerdos, sus quebradas sonrisas y sus vidriosos sentimientos. Yo su señora, yo su diosa, yo su verduga.

   Yo, dueña del tiempo.
Qué difícil parece a veces encontrar una razón.
Una razón para vivir.
Una razón para amar.
Una razón para ser feliz.
Y no te das cuenta de que éstas son en sí las únicas razones necesarias.

03 enero 2011

   Después de hacer la colada, madre e hija siempre repetían el mismo ritual. Llevaban el barreño a la ventana, la colgaban con cuidado: primero las sábanas, las toallas, luego sus prendas, y por último las del padre. En éstas se detenían. Era una extraña escena ver a ambas olfateando la ropa; por alguna razón este perfume les encantaba, les ponía de buen humor, les hacía reír.

  A la mujer le recordaba al campo, a madera, a tierra mojada cuando ha dejado de llover. A la niña simplemente le olía... a padre.

  Pasaron algunos años. El ritual de la colada se había olvidado, simplemente tendían la ropa. Al aspirar, solo se distinguía el olor a detergente y suavizante, mezclado con aroma a vacío, a soledad, a tristeza.

  Cuando la hija volviera a verle, siempre recordaría estos momentos. Pero no conseguiría captar su olor, por muy cerca que estuviese. Había desaparecido, como un campo arrasado, madera quemada, tierra abnegada.

02 enero 2011

   Esta mañana decidí limpiar un poco el trastero, pues llevaba años sin ser abierto. En realidad es solo un armarito encima de mi armario, pero siempre lo hemos llamado así. Claro que está lleno de trastos -quizá sea razón suficiente para recibir este nombre-; desde que llegamos, todo lo que dejábamos de usar, lo que no nos haría ya falta, iba a parar ahí. Al trastero.

  En él encontré un pequeño baúl con la ropa de mi madre: al fondo los vestidos que usaba cuando tenía mi edad, encima  los tacones que llevó a su boda, y por último un peto vaquero que solía llevar durante el embarazo. Un álbum con fotos en blanco y negro, que sin embargo reflejan todo el color de años pasados. Una caja con mis juguetes, esos con los que un día olvidé cómo jugar. Una bolsa con los calcetines de mi padre, que se debió dejar olvidados.

   En el trastero he encontrado mi pasado, aquél que no quería volver a ver; y sin embargo, echo de menos.

31 diciembre 2010

  El 31 de diciembre, dispone en el suelo de la terraza dos cajas, exactamente iguales.

   En la primera deja una botella con las lágrimas que ha derramado durante esos 12 meses. Una grabadora con todos los gritos, las quejas, los lamentos. Un sobre con las mentiras y las desilusiones.

   En la segunda caja guarda una sola cosa, que conservará para el siguiente año.

  Las cierra, y finalmente prende fuego a la primera, despidiéndose del 2010.

 -Mierda. Espero no haberme equivocado de caja...
  Me gusta mirarla, porque en ella me encuentro a mí.

  Veo cuando se esfuerza por gustarse a sí misma, se mira en el espejo, se vuelve a mirar, y se acaba enfadando; porque no siempre lo que le gusta a ella le gusta al resto, ni viceversa. Refunfuña en voz tan baja que ni entiende lo que dice; quejándose de ser tan esto, o tan poco lo otro.

  Se maquilla por dentro y por fuera, intentando disimular las ojeras, las tristezas, los puntos negros, los oscuros pensamientos. Perfila sus ojos con cuidado para alejar la inseguridad de su mirada. Intenta dominar su pelo; así no le gusta. Así tampoco. Tampoco. Al final lo revuelve con ambas manos, y se va.

   Ya en la calle, se acerca al resto. Eso se había propuesto. Pero siente cómo su voz vuelve a chocarse contra el muro que solo ella construyó; esa coraza que durante un tiempo la había protegido, pero que hoy la axfisia como si de un corpiño se tratase.

  Sé cuando quiere imaginarse que tiene algo en común con los demás, que su vida es como debe ser la de otros al coger el metro y volver a casa. Sin embargo, ella, al volver, casi siempre llora; sola, en silencio, mientras escribe en su ordenador.

  Como yo.

29 diciembre 2010

   Susana se lima las uñas mientras mira la televisión, sin verla. Siente un tirón en su tieso pantalón de pana.

-Mami, caquita.

   Deja la lima en la mesita y coge a su -ahora maloliente- niño en brazos. Cuando le está quitando el pañal, llega su Marido.  Entra en el baño, y le revuelve el pelo a modo de saludo. Despues mira al desnudo niño.

-¡Este es mi crío, vaya huevazos! Serás como tu padre, todo un hombre.

   Se lava las manos, negras por el aceite del taller. Las frota con fuerza, en vano; llevan años así, y las manchas nunca desaparecen. Ella permanece en silencio, durante unos minutos no se escuchan más palabras que éstas.

-¿Qué hay de comer?- Pregunta él finalmente.


   Y lo mismo se repite un lunes de enero, un martes de febrero, un miércoles de marzo.


   Un jueves de abril, mientras fríe patatas -esas que ella nunca come para no engordar, pero que cada vez engrosan más el estómago de su Marido- el aceite salta, quemándole el dorso de la mano. Al momento aparta la sartén del fuego, y se apoya en la encimera. Impasible primero. Luego silenciosas lágrimas empiezan a deslizarse por sus pestañas. Al caer en la cuenta de que está sola en casa, surgen los sollozos que tanto tiempo se ha tragado.

   Se quita el delantal,  lava sus enrojecidos ojos y se suelta la coleta, algo grasienta. Su Marido ha bajado al niño al parque para jugar,  así que se siente algo más atrevida; capaz de dar un paso sin pensar en dónde pone el pie. Coge bolso y chaqueta y sale, bajando tímidamente los escalones al principio, pisando con más seguridad al salir del portal.


   Un viernes de mayo, deja de esconderse.

-Cariño, me voy con mis amigos, volveré tarde.

   Ella le sonríe abiertamente, con una expresión que él no había visto antes.

-Claro, no me lo digas: hay fútbol y despues os vais a tomar cerveza y jugar a las cartas, ¿verdad?

-Eh...sí, más o menos.

-Bien. Pues yo también me voy. Volveré tarde. Acuérdate de darle de cenar al niño.

    Y se va. Aunque le tiemblan las manos y una gota de sudor frío cae por su frente, con expresión incrédula; se va.

 Un sábado de junio, ella se siente viva.

   En un lugar en el que se supone no debería estar, con compañías que nunca habría imaginado frecuentar. Pero su sonrisa vuelve al mirar a la chica que, con gesto coqueto, la observa al otro lado de la mesa. Su voz se hace más segura cuando le susurra algo al oído. Y sus manos ya no tiemblan cuando le acaricia suavemente la pierna.

    Un domingo de julio...

"¿Crees que no sé lo que estás haciendo? ¿Lo que nos has hecho a tu hijo y a mí? Ya le explicarás a tu abogado lo bien que te lo has pasado con esa zorra bollera."

   Es todo lo que se puede leer en la arrugada nota que encuentra al despertar, encima de la mesilla.

28 diciembre 2010

"Se trata de vivir por accidente",

pues por accidente nacimos

y sin incidentes moriremos.

Como un disparo de desconocido calibre y errado tiro,

que fue a hundirse en la tierna carne

de un ser humano no tan tierno.

En él despertó el dolor y su miedo,

que por siempre le marcó también el pensamiento,

que le nubló la vista con el negro de la pólvora.

 Cuántas lágrimas han caído por tu falta de valentía, tu disfraz de impotencia y tu silencio ahogado entre gritos. No recuerdas un día en que la autocompasión no te estrechase en su adormecedor abrazo, esperando que tus párpados se cerrasen en un interminable sueño para morderte el cuello y dejar en tu sangre la ponzoña de la desidia; el veneno que poco a poco te llevará al borde de la locura de no saber si fuiste, eres... o el olvido.

27 diciembre 2010

 Ojalá siempre me mires

como a una desconocida;

en tus ojos el desconcierto,

tus labios curvados en la duda

de saber si ya antes me rozaron.

Aunque mis palabras fueran las mismas,

no las escuches; y si lo hiciste

espero que nada recuerdes.

Finge que cada encuentro es el primero,

piensa que será el último;

pues bien sabes que solo así

me seguirás queriendo.

25 diciembre 2010


Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.







Pablo Neruda


Inmarcesible

   Impotencia cuando aquella mirada tuya, tan de almíbar y licor, se derramó por tus mejillas, resbalando como la lluvia que nos empapaba. Quise llorar, necesitaba hacerlo; pero significaba aceptar lo que tus palabras aún no habían dicho. Así que me tragué las convulsiones de mi garganta, que se moría por gritarte: "¡Cruel, farsante, impía, embustera...!", y otros cuantos sinónimos que pudieran acercarse a tu mezquindad. Clavé las uñas en las palmas de mis manos, que aun hoy echan de menos la calidez de tu piel, y te dije un "hasta pronto", sabiendo que pronto, sería nunca.

23 diciembre 2010

Infelicidad crónica. Sentenció el doctor.
Atranqué la puerta única en mi vida

abierta a temores,

cerrada a alegrías

desde hace tiempo.

Intenté tapiarla desde dentro

para que yo no pudiera salir,

para que tú no pudieras entrar;

pero el tiempo la echó abajo

destrozando el marco y la cerradura,

la madera, los tornillos, las bisagras,

como Jack Nicholson en El Resplandor.

Tú entraste y yo salí

porque no había sitio para dos

en un corazón a la mitad.


22 diciembre 2010

olvido.
1. m. Cesación de la memoria que se tenía.
2. m. Cesación del afecto que se tenía.
3. m. Descuido de algo que se debía tener presente.

1. No sé cuándo fue la última vez que supe jugar con mis manos y mi imaginación, aquellos días claros y sosegados, en los que poco entendía y menos necesitaba para saberme feliz. No recuerdo cuándo empezó a cobrar sentido el concepto preocupación.  Ni el momento en que comencé a ver dolor, mirase donde mirase.

2. Desconozco por qué dejamos de sentirnos, qué cambió para que yo no viera lo mismo en tus ojos, ni tú en los míos. Tus manos eran como el metal que un día fue fundido, tan rojo y abrasador, pero que al siguiente se volvió gris, duro y helado para siempre. Las mías ya ni siquiera te buscaban, ni volverían a hacerlo.

3. El presente ha sido eternamente postergado; ya no me queda un mañana, tan solo un ayer. Maldito ayer.
  Viví                                                                                      cometiendo


     pensando                                                                              tan solo 

   
     locuras;                                                                                sensateces.


21 diciembre 2010

    Cuando vas en el autobús, un hombre observa tu mueca de fingida indiferencia, tu gris mirada, perdida en el reflejo del cristal; quién sabe si mirando al exterior, o escudriñando tu propio interior, aquél lleno de fallos, de tropiezos, de tristeza y de lamentos.


    El hombre se levanta y se acerca, extendiendo la palma de su mano abierta hacia ti. Por señas te indica que cojas lo que sostiene: es mudo. Sin pensarlo, alargas la mano y coges los dos caramelos que te ofrece. Entonces te sonríe. Y tú le devuelves la sonrisa. Le sonríes de verdad. Y no dejas de hacerlo hasta que te bajas del autobús y te despides con la mano de él.

    Si empezaras a apreciar todos los caramelos que la vida te ofrece a lo largo del día, esos fugaces pero dulces momentos -aquella mirada felina que tanto te gusta, o esa calmada voz a tempranas horas, o el rayo de sol que te calienta las manos mientras miras por la ventana- dejarías de temer al tiempo y su mal sabor de boca.

20 diciembre 2010

Como quien viaja a lomos de una yegua sombría,
por la ciudad camino, no preguntéis adónde.
Busco acaso un encuentro que me ilumine el día,
y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.
Las chimeneas vierten su vómito de humo
a un cielo cada vez más lejano y más alto.
Por las paredes ocres se desparrama el zumo
de una fruta de sangre crecida en el asfalto.
Ya el campo estará verde, debe ser Primavera,
cruza por mi mirada un tren interminable,
el barrio donde habito no es ninguna pradera,
desolado paisaje de antenas y de cables.
Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía.
Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido,
que viene de la noche y va a ninguna parte,
así mis pies descienden la cuesta del olvido,
fatigados de tanto andar sin encontrarte.
Luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama;
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama.
Trepo por tu recuerdo como una enredadera
que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy
esa absurda epidemia que sufren las aceras,
si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.



Sabina.


http://www.youtube.com/watch?v=j2m0hpzqbJE
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 Dichoso el primero que encuentre su camino, pues nada más necesitará buscar.

Feliz Navidad.

17 diciembre 2010

Hetero. Homo. Bi.

SEXUAL

Para qué hacer distinción, si en el sexo y el amor todos acabamos igual:

JODIDOS


16 diciembre 2010

   Imagina un ser que mediante hormonas inhibe su capacidad de procrear. Sin embargo, aumenta artificialmente el tamaño de sus glándulas mamarias, -esas a las que desea no tener que darles un uso más que estético y sexual-; mientras que se mata por acabar con cualquier ápice de grasa en el resto de su cuerpo. Elimina cualquier rastro de vello corporal, sin embargo se lamenta constantemente por no tener una larga y tupida cabellera. Ese ser...es la mujer.



  Culpa a todos y cada uno de sus antepasados por no haberle legado la perfección a la cual aspira. Porque no se da cuenta de que la revista que entre sus bonitas manos sostiene, es irreal. Nada de lo que ve debería ser envidiado. Y es que ella, en su imperfección, es perfecta.

Sé que lo sabes, sabes que lo sé.



Pero nadie dirá nada.
Cuánto dura cuanto



   Este libro nos muestra cómo en cualquier lugar tiene cabida la poesía. Ya en la portada (ilustración realizada por María Llorente) encontramos una serie de elementos mundanos, aparatos que utilizamos día a día: una silla, una batidora, un frigorífico y una lavadora; estos dos últimos dotados de brazos, lo que supone una personalización de los objetos. Es un ejemplo que representa cómo María Eloy-García ha puesto su mirada poética en estos símbolos cotidianos, que en la ilustración se asientan con precariedad sobre una persona. El libro consta de cuatro partes: El ciclo de Hipermuriel, Transverberación de la vecina, La puerta Magritte, y un epílogo.

   Siguiendo la estética de los novísimos, utiliza procedimientos experimentales, la más obvia la supresión de los signos de puntuación, además de ruptura del verso y una disposición gráfica no normal. También se incluyen dos poemas visuales, plasmados en un ticket de la compra y una termomix, además de un poema fotonovelado final.

   La peculiaridad de sus poemas es cómo consigue hacer poesía sobre algo que no es fácilmente poetizable, tratando también situaciones y realidades conocidas por todos, como puede ser una comunidad de vecinos, un supermercado o una peluquería; a través de las cuales siempre extrae un juicio o reflexión filosófica.

  Un buen ejemplo es La Sopera. En una lectura que María Eloy-García hizo de algunos de sus poemas en La Central del MNCARS cuenta cómo le regalaron una sopera y ella la guardó en el mueblebar de su casa, cerrándolo con llave. "Nunca más he podido volver a ver mi pobre sopera, ni de qué color es... nunca más la he podido volver a tocar y mucho menos usarla. Entonces todo esto es la antesala del mito si lo piensas, y todo el mundo que venía a mi casa trataba de abrir el mueblebar. Nadie lo consiguió nunca, entonces, ¿a quién puedo nombrar rey de Camelot de mi casa? -me recordaba al ciclo artúrico-; todo eso mezclado con que estaba leyendo a Kant...se me mezcló todo." Tras la lectura del poema y la interpretación que ella da, además de apreciar el fondo humorístico, podemos observar la complejidad del contenido por sus numerosas alusiones a diferentes terrenos; algo que no entorpece sin embargo a la comprensión del sentido de su obra.

 Es curioso ver cómo fusiona los ya mencionados elementos mundanos con el mundo científico, aludiendo por ejemplo a la teoría propugnada por el Botánico-Conservador del Museo Británico Robert Brown. Constantemente mezcla terminología científica (física, química, historia e incluso informática) con lo más cotidiano, añadiendo arte y filosofía, creando una poesía con gran variedad de lecturas, variables según el criterio y los conocimientos del lector. De esto se sirve para hacer un repaso sobre la vida humana. En El Ciclo de Hipermuriel, refleja cómo una empleada pasa de cajera a reponedora, a carnicera, a charcutera... de forma pasiva, tal y como nosotros hacemos en nuestras vidas, dejándonos arrastrar por las circunstancias. Transverberación de la vecina presenta más variaciones, tratando desde la rutina y conformidad en la vida de una ama de casa hasta la evolución del ser humano y sus negativas consecuencias, resaltando lo que el hombre ha perdido a lo largo de este proceso -acercándose en estas ocasiones a la filosofía de Rousseau-.

  En todo el libro se encuentra latente una crítica al hombre y la sociedad, que esta poeta de ideología sindicalista expresa con gran fuerza y vehemencia. Es obvio su tratamiento de la sociedad desde un punto de vista trágico, pues muestra la soledad, el hastío, la alienación a la que hemos sido llevados. Sin embargo sigue habiendo un lugar para la esperanza y el amor entre la oscuridad y el pesimismo que nos envuelven.

15 diciembre 2010

Prometí no prometer nada que no cumpliría. Y nada, más que esto, pude prometer.
Dejé mi vida en las manos de un hombre con Síndrome de Diógenes. Y la tiró a la basura.

  Vamos al cine.

    "Juguemos a saborear esa felicidad sin límites marcados, sin un final concreto, donde incluso las tormentas y los tormentos parecen agradables; porque tú omnipresente espectador, sabes, desde tu butaca, que pasarán, y el sol brillará como nunca antes lo había hecho, en los bailes de graduación, los eternos viajes a paradisíacos paraderos, las bodas."
  
    Quieres regocijarte en ese placer ajeno. Acoges las blancas sonrisas americanas como si a ti fueran dirigidas; el amor de las azules miradas, de las bellas -aunque cada vez menos profundas- palabras, de las caricias de cachemir, del mágico sexo estelar...
  


    Sin embargo, a mí pagar 8.50 solo me produce dolor de huevos.
  
    ¿Ya te has dado cuenta de que tu vida nunca será como una película?

12 diciembre 2010

-No te preocupes, mañana será otro día.

-¿Y qué?. Tú y yo seguiremos siendo los mismos.

07 diciembre 2010

  Es difícil permitir a las horas que se interpongan entre los dos.

  Entonces, las manos se me quedan frías, porque les falta vida, calor, energía. He probado guantes de todas las telas y colores, pero los únicos que me sirven son los de tu piel. Espero que no seas un animal en peligro de extinción.

   Además me vuelvo un poco sorda; es difícil escuchar algo por encima de los suspiros que se escapan entre mis labios. ¡Creen que así estarán más cerca de ti! Pero siempre vuelven, para convertirse en dióxido de carbono... y mueren, dando paso a los demás.

   Sabes que me caigo a cada paso;  tus brazos son los únicos que podrían sostener tanto tropiezo, tanta torpeza, tanta tristeza trocada en alegría.

   Incluso la vista me falla cuando no iluminas la habitación en la que estoy. Sé que mi felicidad estaba por algún lado, creía haberla guardado donde siempre... ¡Ah, ahí está! Gracias por sonreír; creí haberla perdido.

28 noviembre 2010

 La verdad es que no soy una gran cinéfila; en la mayoría de ocasiones descarto rápidamente las películas, ya sea por pereza, o por la rapidez con la que las juzgo. ¡Pero he aquí una excepción!. "Las posibles vidas de Mr. Nobody"  -simplemente "Mr. Nobody"en versión original- del cineasta belga Jaco Van Dormael. Necesité verla tres veces para decidir si realmente me había gustado. Y mereció la pena.

Al leer unos cuantos resúmenes y otras tantas sinopsis, me dí cuenta de que cada uno la había interpretado de formas diferentes. No voy a juzgar ninguna de ellas, pero voy a dar la mía propia.

 La historia comienza con imágenes sobre el condicionamiento clásico aplicado a una paloma, lo llama la "superstición de la paloma".
http://www.youtube.com/watch?v=qV5Y2K4b1V4&playnext=1&list=PL09CF8D6B6A666DEC&index=2

 A este fragmento le suceden las diferentes muertes que podría haber sufrido el protagonista: un accidente de coche, un disparo, un accidente en un viaje espacial... Entonces despierta, convertido en un hombre de 118 años, viviendo sus últimos días en el 2092.



 Durante toda la película se intercalan escenas pertenecientes a diferentes marcos espaciales, temporales, y por si fuera poco, a diferentes realidades; lo que complica su seguimiento. A grandes rasgos, se narra la vida de Nemo Nobody (desconocemos si realmente se llama así, o es un apodo que el protagonista ha elegido, pues al inicio no recuerda quién es realmente) el último hombre mortal. El argumento gira en torno a los recuerdos de su vida, mezclando lo real con lo imaginado. O visto de otro modo; tratando de mostrar diferentes caminos en una misma vida, y las diferentes consecuencias que tiene el tomar cada uno de ellos.

¿Con quién debía quedarse el pequeño Nemo cuando se separaron sus padres? ¿Con su padre, que más tarde enfermó y no  podía valerse por sí mismo?, ¿con su madre, que se fue a vivir con el hombre con el que había estado siendo infiel a su marido?

 A partir de esa elección, comienzan a desgajarse otras tantas consecuencias y nuevas elecciones; pero finalmente es una la correcta, aquella que prevalece sobre las demás y  le dará el sentido verdadero a la vida de Nemo: Anna.



http://www.youtube.com/watch?v=IF6vvRgGGuk&feature=player_embedded

<< Verónica había decidido morir aquella bonita tarde de Ljubljana, con músicos bolivianos tocando en la plaza, con un joven pasando frente a su ventana, y estaba contenta con lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban. Pero aún estaba más contenta de no tener que contemplar aquellas mismas cosas durante treinta, cuarenta o cincuenta años más, pues irían perdiendo toda su originalidad al estar inmersas en la tragedia de una vida donde todo se repite, y el día anterior es siempre igual al siguiente .>>






  Este fragmento enuncia el tema del libro Verónika decide morir, de Paulo Coelho. No quiero fastidiar a nadie su lectura, llena de giros e interesantes diálogos entre los personajes; pero sí puedo decir que este libro depositó en mi cabeza una firme idea (y no, no es la del suicidio). 


 Le dedico una entrada porque fue algo curioso encontré este libro abandonado (o eso creo) en los baños del cine; si no hubiese sido así probablemente no lo habría leído, perdiéndome el disfrutar de esta lectura como lo he hecho tantas veces.


Para que se entiendan mis razones, aquí va algún pequeño fragmento:


<< -¿No quiere saber su estado?
-Ya sé cuál es -respondió Verónika-. Y no es el que está viendo en mi cuerpo; es el que está sucediendo en mi alma.>>


<<-¿Qué es la realidad?

-Es lo que la mayoría de la gente consideró que debia ser; ¿usted ve lo que yo llevo alrededor del cuello?.

-Una corbata.

-Muy bien, su respuesta es lógica y coherente, propia de una persona “normal”.Un loco, sin embargo diría que yo tengo alrededor del cuello una tela de colores, ridícula, inútil, atada de una manera complicada .Si un loco me preguntara la utilidad de una corbata, yo tendría que responderle: para absolutamente nada; la única utilidad consiste en llegar a casa y poder sacárnosla, dándonos la sensación de que estamos libres de algo que no sabemos qué es.¿Pero la sensación de alivio justifica la existencia de la corbata? No. Aun así, si yo pregunto a un loco y a una persona normal qué es eso, será considerado cuerdo aquel que responda: ”una corbata”. No importa quién diga la verdad, importa quién tiene razón.>>

Termino con mi fragmento favorito:

<<-¿Estoy curada doctor?

-No. Usted es una persona diferente queriendo ser igual. Y esto desde mi punto de vista, es considerado una enfermedad grave. >>
 Me he despertado y he visto un tipo que se afeita y no sabe por qué lo hace, desayuna sin ganas de beberse ese café,  sube al coche sin saber a dónde va. Cuando se mira en el retrovisor ve unos ojos que ya no están vivos. Mis ojos, que ya no lo son.

Somos parte de un mundo  que cambia constantemente, y nosotros lo hacemos a su vez. Hasta el punto de no saber quiénes somos; qué somos.

Hace años creía que todo seguiría siempre igual para mí; tendría unos amigos con los que salir cada fin de semana, una novia con la que pasar las noches, unos padres que me aconsejaran. Pero todos ellos han desaparecido. En mi vida solo quedo yo. Y soy un extraño.
¡Cuántas veces dije que no me importaba! Nunca advertí diferencia entre luz y oscuridad; todo fue un vaivén, un sinsentido, un disparate. Cruzaba el puente una y otra vez, intentando en vano llegar a alguna parte; me movía de un extremo a otro, abrasándome o helándome según correspondiese. Y daba igual. Un vacío, un agujero... nada.

Nada.

Nada.

Nada.

Nada.

Y...tu mirada.

 Luz. Me dejó ver el camino, el suelo se había asentado por vez primera bajo mis pies. Sin puentes, sin vaivenes, sin finales.

25 noviembre 2010

Sigue buscando sentido a algo que no lo tiene, como el ingenuo que persigue la verdad en otros labios.

Continúa acuchillando tus sentimientos y deléitate con su sangre; haz bandera de sus despojos para que admiren tu oquedad.

No dejes de ahogar tus emociones.

¿Quién lo notaría?

12 septiembre 2010


-Búscate una excusa para creer que eres feliz. Porque no lo eres. Nunca lo has sido. 

-¿Y tú que sabes?

-Vamos... Dime un momento de tu vida que valga la pena. Algo que compense toda esta mierda. (...) ¿Qué? ¿No lo encuentras? Eso es porque no existe. Ni tú ni yo sabemos nada de la felicidad. Ya me gustaría conocer al cabrón que se inventó ese cuento.

-Que te den; olvídame. Me tienes hasta los huevos.

-Ya. A nadie le gusta escuchar la verdad. Nos limitamos a pasar por aquí, a ver qué tal se  da. "No pasa nada, será una mala racha...". Y una mierda. Desde que nací llevo una jodida mala racha. Y lo  peor es cuando te cruzas algún gilipollas con suerte, de esos que se quejan por vicio. Como yo, pero con menos razones. 

-¿Lo dices por alguien?

-Ya sabes, son unos cuantos. Los de: "oh, mi novia me ha dejado". Aún peor: "no sé si le quiero como él a mí", o "estoy harta de mi madre", o "me han castigado sin salir". ¿Lo coges? ¿Pero qué mierda me cuentan a mí? ¡A mí! Si supieran  lo que es estar jodido de verdad ni siquiera me dirigirían la palabra. Cabrones.

-Eres un imbécil autocompasivo.

-Lo sé. ¿Y qué? ¿Acaso no tengo derecho?

-Tú sabrás. A mí déjame en paz.

-Claro. A nadie le interesan los problemas de verdad. Los que joden, que no tienen solución, que no se resuelven con esos consejos de revista. Que os den por culo a todos. Sobre todo a ti.

-(...)

-Bueno, ¿qué?

-(...)

-Estoy cansado de hablar con mi reflejo. Él tampoco me aguanta.


Cuando has tropezado y caído tantas veces, cuando tus rodillas están llenas de arañazos y tus manos manchadas de tierra, cuando ya no temes hacerte daño...vuelves a caer. De nuevo te levantas, pero a partir de entonces el camino no lo continuarás solo. En esta ocasión no has chocado con una piedra; has ido a dar con los zapatos que protegerán tus pies, el manto que aliviará tu frío, el bastón que evitará nuevos tropiezos, la luz que guiará tu camino.


Silencio que precede 
al más desgarrador de los gritos.
Luz que ilumina la oscuridad.
Cura de un lacerante dolor.
Eterno aunque efímero descanso.


 Aquello de lo que intentas huir te perseguirá implacablemente, de forma proporcional al temor que tus ojos reflejen.

  Si te paras, te traspasará hasta hacer de ti un despojo. Vives en una lucha continua por subsistir un día más, sin fuerzas ni aliento, cansado de esconderte, pero te falta valor para plantarle cara. Conoces caminos que podrían salvarte, pero te asustan aun más que tu pesadilla. Por ello sigues huyendo, cazador y presa en una interminable espiral, cuyo desenlace apenas puedes discernir entre tanta oscuridad.

  En toda carrera hay una meta. Llega hasta ella de una maldita vez, coge la bandera que anuncia el final y clávasela a quien durante tanto tiempo te ha hecho correr sin rumbo.