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04 abril 2011

   Por la mañana se levantó sin nada que decir. Desayunó en silencio, su gato no maulló pidiéndole comida. Tras calzarse los zapatos, bajó a la calle en ascensor; ningún comentario sobre el tiempo. Fue caminando hasta el trabajo, los taxistas no pudieron hablarle sobre el partido del día anterior, ni si quiera sobre la crisis.

   Ya en la oficina, tan solo escuchaba el sonido de su índice sobre el teclado, que pulsaba una y otra vez la barra espaciadora; pues las letras ya no existían para él. Al final de la jornada, imprimió su taco de hojas en blanco y se fue.

   Nadie se despidió del hombre que vivía como si aún no hubiera muerto.

14 marzo 2011

  Trato de escribir sobre ella, pero se me escapa; era como imaginada por un sueño. Su foto, en alguna parte, me hizo buscarla de nuevo, para encontrarla en un piso de alquiler. Me escondí horas tras su puerta, hasta que me vio como si fuera casualidad. Tan pequeña y bonita como la recordaba. Su sonrisa se alegró de verme; me recibió saltando para que yo la cogiera al vuelo, leve como un pajarito.

  Hablamos horas en un sofá: ella me narraba su nueva vida con palabras que había inventado, yo me sentía abrumado por su perfección, así que solo asentía. Como hacía siempre. No sé qué echó de menos de mí, si es que lo hizo, pues solo conocía mis sonidos de asentimiento, mis frases preparadas, mi risa tensa. Pero seguía a mi lado, tan cerca en el sofá, sus piernas cruzadas, sus manos moviéndose, sus labios formando palabras que no me pertenecían.

  Otra gente pasaba por el salón, compañeros de piso que habían compartido su aire, su tiempo, que tenían en ellos más de su esencia de la que yo nunca hubiera soportado. Se hizo tarde cuando nos encontramos de pie, cayendo irremediablemente hacia el adiós del borde de la puerta. Se acercó más para abrazarme, yo abrí los brazos a su suave pijama, que a medias ocultaba el cuerpo de mujer pájaro, a punto de volar. Tierno calor en un abrazo que me pidió que me quedara esa noche. Un beso en la mejilla que me susurró no me dejes de nuevo. Sus dedos rozando mi espalda, diciéndome que me querían allí.

  No hubo sonidos de asentimiento, frases preparadas ni risa tensa; me despedí en silencio una vez más.

16 enero 2011

-¿Qué es eso?, ¿qué suena?

-No es nada, el vecino. Estas paredes, que parecen de papel...

 Todos los días se puede oír cómo tararea el vecino del B; un hombre de unos treinta años, no muy alto, con la cabeza afeitada, y ojos marrón anaranjado. No conozco su nombre, todo lo que sé sobre él es que se va a las ocho en punto a trabajar, pero no siempre vuelve a la misma hora; a veces viene a comer, otras no. Cuando se mudó aquí, lo hizo junto a una chica. No recuerdo mucho sobre ella... también de pequeña estatura, pelo castaño. Los primeros días de aquel verano los pasaron en la terraza, observando las vistas de la montaña de las que entonces disfrutábamos. Comían en la terraza, hablaban en la terraza, se quedaban en silencio en la terraza.

  Meses después ella se fue. Desapareció el día que comenzaron los tarareos, colándose a través de la pared de mi salón. Una especie de cántico monótono, no realmente una canción; simplemente ruido que llena su -ahora silenciosa- casa. He visto otras chicas venir con él, pero siempre se van al acabar el fin de semana. A ellas no les enseña la terraza; ya ni siquiera se ve la montaña desde que empezaron las obras. Y en cuanto se van, sigue tarareando.

  Para tapar el silencio. Para llenar su vacío.

16 diciembre 2010