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12 enero 2011

Ceguera

  La frescura en una mañana de enero, unos incipientes rayos de sol le calientan levemente la espalda mientras camina de camino a la estación. Observa con semblante serio el infinito -y en ese momento, despejado- azul que se extiende sobre su cabeza, sobre las cabezas de los demás, sobre todas las cabezas del mundo; y cree encontrar una respuesta. Pero, ¿cuál era la pregunta?. Siempre tiene cientos de ellas en mente, y la mayoría no obtienen contestación alguna.

  Se cruza con un conocido, bastante desconocido ya. "¿Por qué me ha mirado así?, ¿se acordará de mí?." No son éstas el tipo de preguntas que necesita, tan simples que cruzan su mente apenas por unos segundos. No, las preguntas que busca son aquéllas a las que nadie le ha podido contestar. Primero planteadas a  los demás cuando era un niño, más tarde a sí mismo; siempre idéntico resultado: el vacío.

  Cuando vuelve a mirar hacia arriba, la luz le ciega por un momento. Y en esa ceguera está lo que buscaba; encuentra que la forma de responder sus preguntas no es observar lo de fuera, sino mirar hacia dentro.

"¿Qué es felicidad?" Se pregunta. Y por fin sonríe.

  Felicidad en este momento fue caminar en la temprana mañana, tan lleno de dudas, y encontrar lo que necesitaba en sí mismo. Felicidad será, de ahora en adelante, lo que él quiera que sea.

21 diciembre 2010

    Cuando vas en el autobús, un hombre observa tu mueca de fingida indiferencia, tu gris mirada, perdida en el reflejo del cristal; quién sabe si mirando al exterior, o escudriñando tu propio interior, aquél lleno de fallos, de tropiezos, de tristeza y de lamentos.


    El hombre se levanta y se acerca, extendiendo la palma de su mano abierta hacia ti. Por señas te indica que cojas lo que sostiene: es mudo. Sin pensarlo, alargas la mano y coges los dos caramelos que te ofrece. Entonces te sonríe. Y tú le devuelves la sonrisa. Le sonríes de verdad. Y no dejas de hacerlo hasta que te bajas del autobús y te despides con la mano de él.

    Si empezaras a apreciar todos los caramelos que la vida te ofrece a lo largo del día, esos fugaces pero dulces momentos -aquella mirada felina que tanto te gusta, o esa calmada voz a tempranas horas, o el rayo de sol que te calienta las manos mientras miras por la ventana- dejarías de temer al tiempo y su mal sabor de boca.