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26 enero 2011

                                                             

 Lluvia y mujeres que han muerto. En este caso, no una muerte física, sino la desaparición de objetivos, de rumbo, de la misma vida, reflejada en este libro, "Arlington Park". El título viene dado por el nombre de un barrio residencial de tinte burgués donde se cruzan un grupo de mujeres de mediana edad, casadas y con niños; que se paran en un extraño y lluvioso día para observarse a sí mismas y a su entorno, contemplando impasibles su propia infelicidad, su impotencia, su apatía. Tan grises como el día en que se desarrolla la narración, solo se sienten seguras bajo el yugo de los convencionalismos, tratados aquí de forma muy británica.

 Se presentan distintos casos, pero en todos reside la inconformidad que nace de vivir en Arlington Park, unida a la incapacidad de tomar la decisión de cambiar. Surgen en ellas sentimientos que van desde la repentina violencia a la total pasividad, provocados por sus maridos, o sus hijos, o sus vecinos... finalmente por sí mismas y su miedo a los cambios, a lo diferente, a lo real. 

 Destacables son las minuciosas y subjetivas descripciones que realiza Rachel Cusk en cada capítulo, capaces de recrear la opresión y pesadez que se respira en esta ciudad ficticia. Posiblemente no muy lejana a otras tantas ciudades e historias reales.

 "Bajo la lluvia, aquellas calles destilaban el ambiente inamovible de los lugares muy antiguos. las grandes casas se alzaban impasibles en la oscuridad, semiocultas en medio de los árboles chorreantes. Entre ellas se dislumbraba una última panorámica de la ciudad, de sus eternas luces rojas y amarillas, sus engranajes pulsátiles, sus calles siempre abarrotadas de vida indiscriminada. Era una vista impresionante, pero nada tranquilizadora, porque resultaba demasiado implacable. La actividad incesante excluía toda sensación de calma, de interrupción, de pausa. La historia de la vida requería sus interrupciones y sus pausas, sus días y sus noches, porque de otro modo carecía de sentido. Pero al contemplar aquella vista, se tenía la sensación de que la vida carecía de significado, de que los días carecían de significado."   

23 enero 2011

Silvia

 Dicen que el amor mueve el mundo. En mi caso, siempre me han movido unos labios insinuantes, una mirada intensa, unas manos delicadas, las sugerentes curvas femeninas  -y sólo después- el amor. Son muchas las historias que podría contar, las mujeres de las que podría hablar. Recuerdo las que me rechazaron por mi descaro, y las que cayeron en mis brazos por la misma razón; las que engatusé con mis maneras de conquistador, mis calculadas palabras y encantadores modales. También las que me calaron al momento, y me despacharon con una sonrisa de desdén. Todas ellas formaron parte de mi vida, y aún lo siguen haciendo.


 Conservo muchos detalles; no tantos nombres, pues el paso del tiempo no perdona. La suavidad de la piel de Lucía cuando acaricié su mejilla, un atardecer en verano, el sonido del mar al fondo. El olor dulce del pelo de Susana, cierta noche, al acompañarla hasta su casa. La tersura de los muslos de Isabel, cuando tiraba coquetamente de mi chaqueta hacia sí. Las uñas de Carmen al clavarse en mí, alguna que otra tarde de invierno. Las curvas de la espalda de Laura al ponerse la camiseta. Los verdes ojos de Silvia.


  Los verdes ojos de Silvia. Aún siguen atormentándome, después de haber perdido la cuenta de los días sin verla. Ella fue de las pocas mujeres que me conocieron realmente, y supongo que por ello me rechazó. Ella es la única a la que, todavía hoy, en la soledad de mis últimos días, echo de menos.

29 diciembre 2010

   Susana se lima las uñas mientras mira la televisión, sin verla. Siente un tirón en su tieso pantalón de pana.

-Mami, caquita.

   Deja la lima en la mesita y coge a su -ahora maloliente- niño en brazos. Cuando le está quitando el pañal, llega su Marido.  Entra en el baño, y le revuelve el pelo a modo de saludo. Despues mira al desnudo niño.

-¡Este es mi crío, vaya huevazos! Serás como tu padre, todo un hombre.

   Se lava las manos, negras por el aceite del taller. Las frota con fuerza, en vano; llevan años así, y las manchas nunca desaparecen. Ella permanece en silencio, durante unos minutos no se escuchan más palabras que éstas.

-¿Qué hay de comer?- Pregunta él finalmente.


   Y lo mismo se repite un lunes de enero, un martes de febrero, un miércoles de marzo.


   Un jueves de abril, mientras fríe patatas -esas que ella nunca come para no engordar, pero que cada vez engrosan más el estómago de su Marido- el aceite salta, quemándole el dorso de la mano. Al momento aparta la sartén del fuego, y se apoya en la encimera. Impasible primero. Luego silenciosas lágrimas empiezan a deslizarse por sus pestañas. Al caer en la cuenta de que está sola en casa, surgen los sollozos que tanto tiempo se ha tragado.

   Se quita el delantal,  lava sus enrojecidos ojos y se suelta la coleta, algo grasienta. Su Marido ha bajado al niño al parque para jugar,  así que se siente algo más atrevida; capaz de dar un paso sin pensar en dónde pone el pie. Coge bolso y chaqueta y sale, bajando tímidamente los escalones al principio, pisando con más seguridad al salir del portal.


   Un viernes de mayo, deja de esconderse.

-Cariño, me voy con mis amigos, volveré tarde.

   Ella le sonríe abiertamente, con una expresión que él no había visto antes.

-Claro, no me lo digas: hay fútbol y despues os vais a tomar cerveza y jugar a las cartas, ¿verdad?

-Eh...sí, más o menos.

-Bien. Pues yo también me voy. Volveré tarde. Acuérdate de darle de cenar al niño.

    Y se va. Aunque le tiemblan las manos y una gota de sudor frío cae por su frente, con expresión incrédula; se va.

 Un sábado de junio, ella se siente viva.

   En un lugar en el que se supone no debería estar, con compañías que nunca habría imaginado frecuentar. Pero su sonrisa vuelve al mirar a la chica que, con gesto coqueto, la observa al otro lado de la mesa. Su voz se hace más segura cuando le susurra algo al oído. Y sus manos ya no tiemblan cuando le acaricia suavemente la pierna.

    Un domingo de julio...

"¿Crees que no sé lo que estás haciendo? ¿Lo que nos has hecho a tu hijo y a mí? Ya le explicarás a tu abogado lo bien que te lo has pasado con esa zorra bollera."

   Es todo lo que se puede leer en la arrugada nota que encuentra al despertar, encima de la mesilla.

16 diciembre 2010

   Imagina un ser que mediante hormonas inhibe su capacidad de procrear. Sin embargo, aumenta artificialmente el tamaño de sus glándulas mamarias, -esas a las que desea no tener que darles un uso más que estético y sexual-; mientras que se mata por acabar con cualquier ápice de grasa en el resto de su cuerpo. Elimina cualquier rastro de vello corporal, sin embargo se lamenta constantemente por no tener una larga y tupida cabellera. Ese ser...es la mujer.



  Culpa a todos y cada uno de sus antepasados por no haberle legado la perfección a la cual aspira. Porque no se da cuenta de que la revista que entre sus bonitas manos sostiene, es irreal. Nada de lo que ve debería ser envidiado. Y es que ella, en su imperfección, es perfecta.